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¡Madre! Tragos amargos del humano

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Así como lo vimos en el Cisne Negro (2003) o en Pi (1998) Darren Aronofsky decide castigar los excesos de los que suponen ser sus protagonistas (o héroes). Una historia cuyo hilo conductor es la angustia maternal y lo que conocía como “amor”. El film es un trago amargo de lo que significa la tragedia del ser humano. La toxicidad de la fama y, junto a ella, el olvido de lo que es el verdadero amor  y el sentido de la humanidad.

Jennifer Lawrence le da vida a Madre, la mujer de un poeta que atraviesa un terrible bloqueo creativo. Mientras ella se dedica al hogar y ofrecerle todo lo necesario a su esposo. Hasta que llegan, sin previo aviso, dos extraños a la casa y con ellos un torrencial de conflictos y tensiones que sacudirán al personaje interpretado por Lawrence.

Un personaje lleno de una absurda cantidad abrasiones emocionales a las que se enfrenta de principio a fin, sus insatisfacciones y frustraciones son la más grande muestra de la enfermiza y tóxica vanidad de su esposo; todo llevándola a rozar la locura.

Se trata de un festín de emociones y pensamientos que pueden ser, para el espectador, una buena tunda de cachetadas. Ver a través de los ojos del protagonista la manera en que sobrepone las necesidades de su pareja; tolera, voluntariamente, angustias y sufrimientos. Todo por la devoción, apoyo y amor que siente hacia él.

Tener tan de cerca la cara de Lawrence, mirar por encima de su hombro; sentir cómo la cámara “empuja” su cara, todo esto solo permite darle al espectador la experiencia de “primera persona”. Activando toda la parte sensorial y subjetiva de estar soñando despierto, o esa molestísima sensación de ser parte de una pesadilla o vivir una parálisis de sueño.

Si bien a nivel visual la película nos permite vivir y sentir la angustia y conmoción de Lawrence, el entrelineado de toda la película tiende a ser algo difuso. Quizás solapado por la avalancha de acontecimientos que dejan a un personaje tan pasivo perderse.  La película significa nada más y nada menos que un buen, y larguísimo, trago amargo para el espectador. ¿Realmente vale la pena pasarlo o probarlo otra vez algunos años después? ¿O es justo el trago necesario para reflexionar si la humanidad vale la pena?

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